logo
logo

AVASI

Association of Help to the Victims of Sexual Abuses in the Infancy

www.avasibilbao.org           asociacion@avasibilbao.org

Our sections

News

Exhibition´s


With you we are:

174637

who we support you.

Lazo Amarillo

Updated page:

30-12-2008

Good morning

2007 On November 19

Friday,  10th of September of 2010

WORLD DAY FOR THE PREVENTION OF THE MALTREATMENT AND INFANTILE ABUSE.

Is commemorated in the planet the World Day for the Prevention of the Abuse against the Children - On November 19 promoted by the Foundation World Summit of the Woman (WWSF)): women and children first, organization with head office in Geneva Switzerland that leads the shape of a world coalition of organizations that we contributed with the creation of a culture of the prevention of the infantile maltreatment and the sexual infantile abuse.

With this motive from the association we have wanted to move it to the street realizing this day a campaign of publication and information gone to the whole population.

For it we are going to install two positions on foot of street, from which informative leaflets will be distributed, explaining to all the interested ones on the problems and the means of which AVASI arranges for convatir the above mentioned problem and the ends that are proposed. Also we will realize a collection in order to collect funds for the affiliation by means of moneyboxes petitorias putting to every citizen a sticker with our logotype.

We will be in:

  • Circular Square opposite to the BBVA
  • Arenal opposite to the Theater Arriaga


Cheer up. Come, approach and collaborate. We will be grateful for it to you.


We will be esperandos to all that querais to approach up to us to know first hand our problems, to realize questions or to request help.


Thanks to all for your collaboration since without her it would not be possible to go forward with this project.

AVASI

BILBOVISION Informativo (Lunes, 19/11/2007)



20/11/07

EL CORREO - LORENA GIL

INFANCIA ROBADA

Dos vizcaínas que sufrieron abusos de niñas relatan a EL CORREO su dramática experiencia con motivo del Día Internacional para la prevención del abuso sexual infantil y adolescente

cuestacion

CUESTACIÓN. Una asociación recaudó fondos ayer en Bilbao contra el maltrato infantil. / PEDRO URRESTI

Leire (nombre ficticio) tenía sólo cuatro años cuando empezó a sufrir abusos por parte de su padre. «Al principio era sutil. Pero con el tiempo los tocamientos fueron a mayores», describe esta joven natural de Getxo. Ahora tiene 31 años y mira atrás sin miedo, consciente de que ha perdido una parte importante de su vida, pero dispuesta a aprovechar al máximo lo que le depare el futuro. No tiene problemas a la hora de relatar todo lo que ha sufrido, que es mucho, si bien reconoce que recordar aquello todavía le sigue haciendo daño. Es una luchadora.

La familia de Leire era «modélica». Al menos, de puertas hacia fuera. La tragedia se escondía entre cuatro paredes que ven y escuchan todo, pero que guardan con celo los secretos más oscuros. Su padre, que tenía un buen puesto de trabajo, empezó a abusar de ella cuando era sólo una niña. «Me obligaba a hacer cosas y me tocaba», comenta Leire. Su madre nunca supo lo que ocurría. La situación continuó en la adolescencia, pero la forma de actuar del cabeza de familia cambió. «Cuando crecí se dio cuenta de que no podía hacer ciertas cosas», apunta. Entonces, optó por el maltrato psicológico. «Me encerraba, me obligaba a darle mi ropa interior, no me dejaba ponerme camisetas cortas e incluso se masturbaba delante de mí», rememora. Siempre bajo la permanente amenaza de que la echaría de casa con lo puesto.

Leire no sabía qué hacer. La situación la llevó a padecer ansiedad, fuertes dolores de estómago y migrañas. Hasta que un día su madre, que desconocía el origen de los síntomas, decidió llevarla al urólogo y al psiquiatra. Este último consiguió que Leire le confesara todo lo que estaba sufriendo. «Me dijo que lo contara, pero no me atreví. No quería ser el motivo de separación de mis padres», reconoce. El valor para dar el paso le llegó al cumplir los 24 años. «Mi padre me amenazó con presentarse donde yo trabajaba con todas mis cosas y me aseguró que montaría un número. Recuerdo que pensé: todavía se saldrá con la suya». Leire decidió en ese momento contarle todo a su madre. «Me creyó», afirma con sensación de alivio. Ambas se enfrentaron al cabeza de familia que, para sorpresa de Leire, admitió lo que había hecho. «Eso sí, remarcó que era para suavizarme el carácter», apunta la joven, que no podía creer lo que acababa de escuchar.

El matrimonio se separó y al padre le ingresaron en un psiquiátrico. Una mañana se arrepintió de sus actos y Leire, que necesitaba dar carpetazo a su pasado, le perdonó. La joven estuvo tres años bajo tratamiento psicológico y psiquiátrico. «Todo se trunca. Hasta mi madre y yo nos culpábamos la una a la otra», advierte. Hoy es el día que todavía acude a revisión y, aunque le gustaría haber tenido un padre «hecho y derecho», el que le tocó será para siempre el «innombrable» o, como ella le califica a veces, su «difunto padrastro».

«Se puede salir»

A Ana también le robaron su infancia. Tenía cinco años cuando «por circunstancias de la vida» se fue a vivir a Lekeitio con una tía y sus primas. La casa estaba a las afueras del pueblo, cerca de un astillero, así que uno de los obreros se encargaba de llevarla y traerla del colegio en su moto. Parecía un buen samaritano, pero pronto ese trayecto inocente, como por aquel entonces lo era Ana, se convirtió en una pesadilla. «El hombre, que estaba casado y tenía hijos, empezó a tocarme durante el viaje y a venir a buscarme al recreo para llevarme a su casa cuando no había nadie». Allí consumaba los abusos. «Luego, me compraba 'chuches' y me decía que no se lo contara a nadie», desvela su víctima, que ahora tiene 50 años. «Cuando te pasa algo así no te das cuenta, sólo sabes que está mal», reconoce.

Con siete años Ana se dispuso a hacer la Primera Comunión. Y, como manda la tradición, se confesó con el cura. «Se lo conté todo porque sabía que era pecado, pero pecado mío. Lo que me sorprendió fue que al decirle que un señor me hacía cosas malas no dijese nada. Yo sólo quería que alguien me ayudara», describe aún con impotencia. Con once años su situación fue a peor. «Me mandaron interna a Markina. Creí que el cura se lo había contado a mi familia y que todos me culpaban a mí, que ese era mi castigo y que nadie me quería», relata. Como consecuencia de la tragedia que le tocó vivir, Ana acabó siendo una mala estudiante, por lo que la mandaron «todavía más lejos», a San Sebastián. «Tenía claro que me iba a quedar allí, pero al cumplir los 15, mis padres, que regentaban un bar en Bilbao, decidieron que fuese a vivir con ellos para ayudarles con el negocio. Ni siquiera les conocía», relata.

Tabla de salvación

Al poco tiempo de establecerse en la capital vizcaína, Ana conoció a un chico. En la actualidad, su marido. «La relación empezó fatal, un desastre...», apunta. Fue la primera persona, después del cura, a la que Ana contó su historia. «Se convirtió en mi tabla de salvación. Me entendía y aguantó lo inaguantable», reconoce. Ana decidió entonces que «debía hacer algo». «Todos los días tenía en la cabeza a aquel hombre, desde que me levantaba por las mañanas», explica. Estuvo yendo a terapia desde los 25 hasta los 42 años y se apuntó a un grupo de crecimiento personal. Las imágenes del horror se fueron diluyendo y Ana se armó de valor para revelar los abusos a su madre y a su familia de Lekeitio, con la que había roto toda relación. «Siempre buscas culpables fuera», admite.

A pesar de todo el coraje que demostró, aún le quedaba un capítulo por cerrar para salir de aquel pozo: hablar con la persona que abusó de ella. El hombre vivía en Azpeitia, localizó su número de teléfono y marcó y colgó tantas veces que perdió la cuenta. Pero, al final, reunió fuerzas. «Le dije que esperaba que todo lo malo que me había hecho pasar lo sufriese él. Y a pesar de todo, le di la oportunidad de que contestase algo. Sólo me dijo: 'Perdoname'», recuerda. Aquel obrero falleció una semana después y Ana pudo seguir adelante.

Ahora tiene dos hijos y una cosa muy clara: «Hay que luchar, pero se puede salir. A mí me quitaron la mitad de mi vida y no voy a perderme lo mucho que me queda por delante».

For any problem or suggestion of the Web: webmaster@avasibilbao.org

Copyright © 2006 - 2010  AVASI - Association of Help to the Victims of Sexual Abuses in the Infancy