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AVASI

Asociación Ayuda a las Víctimas de Abusos Sexuales en la Infancia

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Página actualizada:

30-12-2008

Buenos días

19 de Noviembre 2007

Sábado,  31 de Julio de 2010

DIA MUNDIAL PARA LA PREVENCION DEL MALTRATO Y ABUSO INFANTIL.

Se conmemora en el planeta el Día Mundial para la Prevención del Abuso contra los Niños - 19 de Noviembre, promovido por la Fundación Cumbre Mundial de la Mujer (WWSF): mujeres y niños primero, organización con sede en Ginebra Suiza que lidera la conformación de una coalición mundial de organizaciones que contribuímos con la creación de una cultura de la prevención del maltrato infantil y el abuso sexual infantil.

Con este motivo desde la asociación hemos querido trasladarlo a la calle realizando este día una campaña de divulgación e información dirigida a toda la población.

Para ello vamos a instalar dos puestos a pie de calle, desde los cuales se repartirán folletos informativos, explicando a todos los interesados sobre la problemática y los medios de que AVASI dispone para combatir dicho problema y los fines que se propone. Además realizaremos una cuestación con el fin de recaudar fondos para la asociación por medio de huchas petitorias poniendo a cada ciudadano una pegatina con nuestro logotipo.

Estaremos en:

  • Plaza Circular frente al BBVA
  • Arenal frente al Teatro Arriaga


Anímate. Ven, acércate y colabora. Te lo agradeceremos.


Estaremos esperandos a todos los que querais acercaros hasta nosotros para conocer de primera mano nuestra problemática, realizar preguntas o solicitar ayuda.


Gracias a todos por vuestra colaboración ya que sin ella no sería posible seguir adelante con este proyecto.

AVASI

BILBOVISION Informativo (Lunes, 19/11/2007)



20/11/07

EL CORREO - LORENA GIL

INFANCIA ROBADA

Dos vizcaínas que sufrieron abusos de niñas relatan a EL CORREO su dramática experiencia con motivo del Día Internacional para la prevención del abuso sexual infantil y adolescente

cuestacion

CUESTACIÓN. Una asociación recaudó fondos ayer en Bilbao contra el maltrato infantil. / PEDRO URRESTI

Leire (nombre ficticio) tenía sólo cuatro años cuando empezó a sufrir abusos por parte de su padre. «Al principio era sutil. Pero con el tiempo los tocamientos fueron a mayores», describe esta joven natural de Getxo. Ahora tiene 31 años y mira atrás sin miedo, consciente de que ha perdido una parte importante de su vida, pero dispuesta a aprovechar al máximo lo que le depare el futuro. No tiene problemas a la hora de relatar todo lo que ha sufrido, que es mucho, si bien reconoce que recordar aquello todavía le sigue haciendo daño. Es una luchadora.

La familia de Leire era «modélica». Al menos, de puertas hacia fuera. La tragedia se escondía entre cuatro paredes que ven y escuchan todo, pero que guardan con celo los secretos más oscuros. Su padre, que tenía un buen puesto de trabajo, empezó a abusar de ella cuando era sólo una niña. «Me obligaba a hacer cosas y me tocaba», comenta Leire. Su madre nunca supo lo que ocurría. La situación continuó en la adolescencia, pero la forma de actuar del cabeza de familia cambió. «Cuando crecí se dio cuenta de que no podía hacer ciertas cosas», apunta. Entonces, optó por el maltrato psicológico. «Me encerraba, me obligaba a darle mi ropa interior, no me dejaba ponerme camisetas cortas e incluso se masturbaba delante de mí», rememora. Siempre bajo la permanente amenaza de que la echaría de casa con lo puesto.

Leire no sabía qué hacer. La situación la llevó a padecer ansiedad, fuertes dolores de estómago y migrañas. Hasta que un día su madre, que desconocía el origen de los síntomas, decidió llevarla al urólogo y al psiquiatra. Este último consiguió que Leire le confesara todo lo que estaba sufriendo. «Me dijo que lo contara, pero no me atreví. No quería ser el motivo de separación de mis padres», reconoce. El valor para dar el paso le llegó al cumplir los 24 años. «Mi padre me amenazó con presentarse donde yo trabajaba con todas mis cosas y me aseguró que montaría un número. Recuerdo que pensé: todavía se saldrá con la suya». Leire decidió en ese momento contarle todo a su madre. «Me creyó», afirma con sensación de alivio. Ambas se enfrentaron al cabeza de familia que, para sorpresa de Leire, admitió lo que había hecho. «Eso sí, remarcó que era para suavizarme el carácter», apunta la joven, que no podía creer lo que acababa de escuchar.

El matrimonio se separó y al padre le ingresaron en un psiquiátrico. Una mañana se arrepintió de sus actos y Leire, que necesitaba dar carpetazo a su pasado, le perdonó. La joven estuvo tres años bajo tratamiento psicológico y psiquiátrico. «Todo se trunca. Hasta mi madre y yo nos culpábamos la una a la otra», advierte. Hoy es el día que todavía acude a revisión y, aunque le gustaría haber tenido un padre «hecho y derecho», el que le tocó será para siempre el «innombrable» o, como ella le califica a veces, su «difunto padrastro».

«Se puede salir»

A Ana también le robaron su infancia. Tenía cinco años cuando «por circunstancias de la vida» se fue a vivir a Lekeitio con una tía y sus primas. La casa estaba a las afueras del pueblo, cerca de un astillero, así que uno de los obreros se encargaba de llevarla y traerla del colegio en su moto. Parecía un buen samaritano, pero pronto ese trayecto inocente, como por aquel entonces lo era Ana, se convirtió en una pesadilla. «El hombre, que estaba casado y tenía hijos, empezó a tocarme durante el viaje y a venir a buscarme al recreo para llevarme a su casa cuando no había nadie». Allí consumaba los abusos. «Luego, me compraba 'chuches' y me decía que no se lo contara a nadie», desvela su víctima, que ahora tiene 50 años. «Cuando te pasa algo así no te das cuenta, sólo sabes que está mal», reconoce.

Con siete años Ana se dispuso a hacer la Primera Comunión. Y, como manda la tradición, se confesó con el cura. «Se lo conté todo porque sabía que era pecado, pero pecado mío. Lo que me sorprendió fue que al decirle que un señor me hacía cosas malas no dijese nada. Yo sólo quería que alguien me ayudara», describe aún con impotencia. Con once años su situación fue a peor. «Me mandaron interna a Markina. Creí que el cura se lo había contado a mi familia y que todos me culpaban a mí, que ese era mi castigo y que nadie me quería», relata. Como consecuencia de la tragedia que le tocó vivir, Ana acabó siendo una mala estudiante, por lo que la mandaron «todavía más lejos», a San Sebastián. «Tenía claro que me iba a quedar allí, pero al cumplir los 15, mis padres, que regentaban un bar en Bilbao, decidieron que fuese a vivir con ellos para ayudarles con el negocio. Ni siquiera les conocía», relata.

Tabla de salvación

Al poco tiempo de establecerse en la capital vizcaína, Ana conoció a un chico. En la actualidad, su marido. «La relación empezó fatal, un desastre...», apunta. Fue la primera persona, después del cura, a la que Ana contó su historia. «Se convirtió en mi tabla de salvación. Me entendía y aguantó lo inaguantable», reconoce. Ana decidió entonces que «debía hacer algo». «Todos los días tenía en la cabeza a aquel hombre, desde que me levantaba por las mañanas», explica. Estuvo yendo a terapia desde los 25 hasta los 42 años y se apuntó a un grupo de crecimiento personal. Las imágenes del horror se fueron diluyendo y Ana se armó de valor para revelar los abusos a su madre y a su familia de Lekeitio, con la que había roto toda relación. «Siempre buscas culpables fuera», admite.

A pesar de todo el coraje que demostró, aún le quedaba un capítulo por cerrar para salir de aquel pozo: hablar con la persona que abusó de ella. El hombre vivía en Azpeitia, localizó su número de teléfono y marcó y colgó tantas veces que perdió la cuenta. Pero, al final, reunió fuerzas. «Le dije que esperaba que todo lo malo que me había hecho pasar lo sufriese él. Y a pesar de todo, le di la oportunidad de que contestase algo. Sólo me dijo: 'Perdoname'», recuerda. Aquel obrero falleció una semana después y Ana pudo seguir adelante.

Ahora tiene dos hijos y una cosa muy clara: «Hay que luchar, pero se puede salir. A mí me quitaron la mitad de mi vida y no voy a perderme lo mucho que me queda por delante».

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